Hace unos días acabamos metidos en una de esas conversaciones que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan llevándote muchos años atrás. No recordamos exactamente cómo salió el tema, pero de repente nos encontramos recordando aquellas fiestas de la lencería que se organizaban en algunos clubs cuando empezamos a descubrir este mundo.
Y nos dimos cuenta de algo curioso.
Seguimos recordándolas.
No porque fueran las fiestas más multitudinarias, ni las más salvajes, ni las
más espectaculares del calendario. Las recordamos porque tenían una personalidad propia y porque conseguían que la diversión empezara mucho antes de llegar al club. La preparación formaba parte de la experiencia. Había que decidir qué ponerse, buscar el conjunto perfecto o aprovechar la ocasión para estrenar algo nuevo. Y, cómo no, aparecían las conversaciones de siempre: quién se atrevería a desfilar, quién aseguraba que no pensaba hacerlo y quién acabaría sorprendiéndonos a todos unas horas después.Aquellas noches tenían algo especial. La lencería conseguía transformar el ambiente sin necesidad de cambiar nada más. Todo parecía un poco más elegante, más atrevido y más juguetón. Había una energía distinta, una complicidad difícil de explicar y ese punto de morbo que hacía que la fiesta empezara mucho antes de cruzar la puerta del local.
Pero lo que más nos gustaba no era la lencería.
Ni siquiera los desfiles.
Lo que realmente recordamos es cómo todo encajaba. Los clubes organizaban la fiesta, los negocios del sector colaboraban aportando ideas, regalos o visibilidad, y los asistentes respondían participando, desfilando y creando recuerdos. Tiendas de lencería, sexshops, marcas de cosmética y pequeños comercios especializados formaban parte de aquella experiencia y después aparecían en los carteles, en los anuncios o en la promoción de la fiesta. Sin embargo, nunca daba la sensación de estar viendo publicidad. Más bien parecía que todo el mundo estaba colaborando para construir algo especial.
Mirándolo con perspectiva, quizás eso sea precisamente lo que más echamos de menos. La sensación de comunidad. La sensación de que clubes, negocios y asistentes remaban en la misma dirección para crear una noche diferente, donde todos ganaban y todos disfrutaban.
Todo convergía de una forma muy natural, muy sincera y, por qué no decirlo, deliciosamente morbosa.
Nos encantaba ver cómo personas que habían pasado completamente desapercibidas durante toda la noche se transformaban cuando llegaba el momento del desfile. De repente aparecía una seguridad que nadie esperaba, una sonrisa cómplice, una mirada desafiante o simplemente las ganas de pasarlo bien. Y lo mejor de todo es que nunca parecía importar quién llevaba el conjunto más caro, quién tenía el mejor cuerpo o quién llamaba más la atención.
Lo divertido era participar.
Atreverse.
Jugar.
Y disfrutar del momento.
Porque, al final, aquellas fiestas no iban de lencería.
La lencería era solo la excusa.
La verdadera protagonista era la actitud.
Quizás por eso seguimos hablando de ellas tantos años después. Porque, siendo sinceros, no echamos de menos una fiesta. Echamos de menos una sensación. La sensación de prepararla durante días, de comentar con amigos qué conjunto llevar, de preguntarse quién se atrevería a desfilar o de llegar al club y notar que aquella noche tenía algo diferente.
Y tal vez sea precisamente eso lo que nos ha llevado a hablar tanto de ellas durante los últimos meses. A recordar anécdotas, a preguntarnos por qué dejaron de hacerse con tanta frecuencia y a plantearnos una pregunta que, cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta ignorar.
¿Y si organizáramos una nosotros?
La verdad es que la idea nos hizo reír al principio. Mucho. Porque una cosa es asistir a fiestas y otra muy distinta organizarlas. Una cosa es comentar desde la barra cómo haríamos esto o aquello, y otra descubrir todo lo que hay detrás para conseguir que una noche salga bien.
Pero la pregunta siguió apareciendo una y otra vez. Surgía durante una cena con amigos, mientras comentábamos alguna anécdota del ambiente, reaparecía durante un viaje o terminaba colándose en cualquier conversación en la que alguien mencionaba aquellas fiestas que tanto recordábamos. Poco a poco dejó de parecer una locura y empezó a sonar como una posibilidad real.
La realidad es que nunca hemos organizado una fiesta, ni un evento, ni siquiera una simple quedada. Y precisamente por eso todo esto nos resulta tan emocionante. Porque hay proyectos que nacen de un plan perfectamente calculado y otros que nacen de una conversación, una copa compartida y una idea que se niega a desaparecer.
De momento seguimos dándole vueltas.
Sin prisas.
Disfrutando del camino.
Y dejándonos llevar por una idea que nos hace muchísima ilusión.
Ya veremos dónde nos lleva.
Aunque tenemos la sospecha de que puede acabar siendo muy divertido.

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