Cerrar el círculo: cuando las ganas de volver a hacernos el amor pueden más que cualquier otra cosa
Hay cosas que no se planean. No aparecen en una lista de normas, no forman parte de ningún acuerdo previo ni necesitan una conversación para decidir si van a suceder.
Simplemente, nacen.
Y así es como vivimos nosotros eso que llamamos cerrar el círculo.
Después de compartir experiencias íntimas con otras personas, volvemos a casa. A nuestro espacio, a nuestra cama, a ese lugar donde podemos dejar atrás el ruido de la noche y volver a encontrarnos sin testigos.Y entonces sucede algo que no necesitamos forzar.
Nos buscamos.
A veces es una mirada. Otras, un beso que se alarga más de lo previsto, una caricia que despierta las ganas o un abrazo que termina convirtiéndose en algo más. No hay un protocolo ni una fórmula mágica. Solo esa necesidad mutua que aparece y que los dos reconocemos.
Nos apetece tocarnos. Besarnos. Darnos placer.
Pero no se trata únicamente de sexo.
Es deseo, sí. Pero también es ternura, complicidad y esa necesidad de sentirnos cerca que no siempre sabemos explicar con palabras. Porque una cosa no excluye la otra. Podemos haber disfrutado de otras personas, haber explorado nuevas sensaciones y haber vivido momentos intensos, y aun así regresar a casa con unas ganas enormes de nosotros mismos.
No porque nos falte algo. No porque tengamos que recuperar nada. Y mucho menos porque debamos demostrar que lo nuestro sigue intacto. Es, sencillamente, porque nos deseamos. Y porque, después de compartir nuestra sexualidad, también nos apetece compartirnos de esa otra manera tan nuestra: haciéndonos el amor.
Hay algo especial en ese momento. En reconocernos a través de las caricias de siempre, en descubrir que un beso conocido puede sentirse diferente y en dejarnos llevar sin necesidad de comparar, medir ni poner palabras a todo lo vivido.
Fuera hemos compartido el deseo.
En casa volvemos a encontrarnos en nuestra intimidad.
Y en ese encuentro conviven las ganas, el cariño, la excitación y esa conexión que hemos construido a lo largo de los años. No siempre será igual. No tiene por qué suceder después de cada experiencia. No queremos convertirlo en una obligación ni en una prueba de nada. Precisamente ahí reside parte de su magia: que no tenemos que hacerlo. Lo hacemos porque nos nace. Porque nos buscamos. Porque nos apetecemos. Porque somos libres de compartir nuestro deseo y también de volver a disfrutarlo a nuestra manera.
Quizá eso sea, para nosotros, cerrar el círculo.
No poner fin a una noche, sino regalarnos un último capítulo que no necesita protagonistas adicionales. Una forma de volver a encontrarnos, de conectar con nuestros cuerpos y con nuestras emociones, de recordar que el placer tiene muchas formas y que ninguna tiene por qué anular a las demás.
Y cuando finalmente nos quedamos abrazados, con esa calma que llega después del deseo compartido, entendemos que no hay nada que demostrar ni ninguna explicación que dar.
Solo hemos hecho lo que sentíamos. Nos hemos deseado. Nos hemos cuidado. Nos hemos hecho el amor.
Y, una vez más, hemos cerrado nuestro círculo. Porque la libertad también consiste en poder explorar el deseo fuera de la pareja sin dejar de tener unas ganas inmensas de volver a encontrarte con quien comparte tu vida.
Y quizá ahí esté lo más bonito de todo: que después de tantas experiencias, de tantas sensaciones y de tantas maneras de disfrutar, todavía existan momentos en los que lo único que necesitamos es volver a nosotros.
A nuestra manera. A nuestro ritmo. A nuestras ganas.
A nosotros.
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#DupSW · Diario de una pareja Swinger · Desde 2009,,,,,,,,,/




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